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Un libro de humor: Cómo ser mujer

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A veces, la parte difícil de este desafío es colocar un  libro en una determinada categoría. Eso me pasó con la obra de esta columnista. Podría haberla puesto como autora mujer, pero sentí que debía guardar esa categoría para otra escritora. Luego de reflexionar, me di cuenta de que la forma que tiene Moran para contar los problemas, ironías, ridiculeces, dolores y alegrías de ser mujer en un mundo colmado de micromachismos, es genial porque nos hace reír. Por eso lo califiqué como un libro de humor, porque siempre estoy enojada: con los cambios que llegan demasiado lentos, con las injusticias que aceptamos como normales, con la ignorancia y la apatía de la gente con respecto a estos problemas de la sociedad, que yo creo intolerables. Ella se lo toma con humor pero sin quitarle seriedad al asunto, y utilizando esta categoría, yo me lo tomo de la misma manera, por lo menos hasta que algo vuelva a hacerme enfurecer.

Desde su adolescencia torpe, pasando por sus primeras experiencias de sexismo en el trabajo y su primer amor enfermizo (la que no tenga uno de esos en su historial, que levante la mano), hasta el matrimonio y una narración realista del proceso de tener hijos, la escritora nos cuenta historias que a todas nos suenan demasiado familiares. Y al leer las inquietudes que nos plantea, una no puede evitar preguntarse: si hemos avanzado tanto en la historia, ¿por qué siempre surge algo que nos esclaviza, nos somete, nos avergüenza? Léase, ¿cómo es posible que tu jefe te diga: “todos nos masturbamos pensando en ti, pero yo soy el único que tiene una oficina para hacerlo”? ¿por qué los fabricantes de zapatos deciden que debo parecer una niña aprendiendo a caminar que no puede valerse por sí misma? ¿por qué mi vagina debe parecerse a la de una actriz porno?

Capítulo a capítulo van ocurriendo situaciones inverosímiles, reales, tragicómicas. Por supuesto que nos identificamos más con algunas que con otras. En mi caso, dado que con 35 años tengo claro que no quiero tener descendencia, el trato sincero que le dio al tema de los hijos me pareció extremadamente acertado, y por supuesto disfruté a más no poder sus toques de cinismo. Sobre este tema Moran escribe:  “A las mujeres siempre se les pregunta cuándo van a tener hijos. […] Por alguna razón, el mundo realmente quiere saber cuándo tendrán hijos. Les gusta que lo planeen temprano. Quiere que sean claras y directas al respecto – ‘Me gustaría una copa de Merlot, el plato de almejas y carne y un bebé cuando tenga 32, por favor’.”  Por supuesto que se da por sentado que todas las mujeres querrán tener hijos, y si dicen que no es algo que les interese, el mundo se siente con derecho a retrucarles que ya cambiarán de opinión. La escritora, que por otro lado tiene dos hijos, describe magistralmente  la visión de la sociedad: A todas las mujeres les gustan los bebés, del mismo modo que a todas las mujeres les gustan los zapatos de taco de Manolo Blahnik, y George Clooney. Incluso a las que solo usan zapatos deportivos, o son lesbianas, y realmente odian los zapatos, y a George Clooney.

Podría escribir un tratado sobre el libro, pero prefiero dejar que lo saboree el lector. Terminaré con lo que más me gustó del despotrique excelente de Moran: “Necesitamos reclamar la palabra Feminismo”. Cuando las estadísticas que se derivan de las encuestas demuestran que solo un pequeño porcentaje de mujeres se declara feminista, ella pregunta: “Chicas, ¿qué creen que es el feminismo? ¿Qué parte de la liberación femenina no es para ustedes? ¿La libertad para votar, el derecho a no ser la propiedad del hombre con el que se casen, la campaña por el pago igualitario? ¿Todo eso les jodió o estaban borrachas cuando contestaron la encuesta?”

Te habrás dado cuenta de que soy feminista, y aunque tal vez tú no lo seas, me gustaría saber tu opinión. Sobre todo si lees el libro. Por supuesto que mucho de lo que declara Caitlin está dicho con un humor tal vez deliciosamente exagerado, pero son temas muy reales que nos afectan a todas y a todos. Por esto te pregunto: ¿qué te parece?

Dejo aquí el enlace a un blog genial que tuve la suerte de encontrar, donde han posteado un video muy bueno que explica por qué tantas personas se empecinan en decir “yo no soy feminista”. https://soyunachicamala.wordpress.com/2015/03/09/yo-no-soy-feminista/

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Un libro basado en una historia real: A sangre fría

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Sí, había visto las películas antes. La de Philip Seymour Hoffman y la de Sandra Bullock (Truman Capote Y Harper Lee respectivamente). Muchas veces me arrepiento de hacer esto. Por lo general intento leer el libro antes de ver la adaptación. Me parece la mejor manera. Me gusta imaginarme a los personajes, no ponerles la cara de algún famoso de Hollywood. Sí, opino que el libro siempre es mejor, pero también pienso que hay adaptaciones excelentes. Y un par de veces, fui testigo de algo increíble: la película superó al libro. Este fue el caso de Let the right one in. En esa oportunidad, vi la belleza hecha cine en su versión original sueca y luego decidí leer la novela de John Ajvide Lindqvist. Creo que la película me pareció mejor porque es como un buen cuento, nada le sobra, nuestra mente se ve obligada a trabajar y a imaginar. La novela en cambio, nos da todo servido en bandeja como si fuéramos medio tontos, y en mi opinión, le sobra mucho. Creo que la única ocasión en la que me cuesta decidir si prefiero más la versión cinematográfica o la impresa es con Las Horas, de Michael Cunningham. Esta vez también vi la genialidad del director Stephen Daldry primero y los temas que trata se convirtieron en una parte tan importante de mi vida, que tengo un tatuaje de un reloj sin agujas para conmemorar todo lo que significa para mí esta obra maestra. O mejor dicho, ambas obras maestras; diez años después, viviendo en Inglaterra, leí el libro, y unos meses después me hice el tatuaje.

Sin embargo, estos casos son aislados. Por lo general me arrepiento de haber visto antes la película. A veces me gusta tanto que decido leer el libro, o directamente me entero de que se basaba en uno, como me ocurrió con We need to talk about Kevin; la experiencia cinematográfica es genial, el libro es aún mejor. Pero ahora hablemos de Capote, ¡porque ya voy por el segundo párrafo y ni miras! Esta vez fue totalmente distinto. No me afectó para nada haber visto las películas. Ellas describen el proceso de investigación que atravesó Capote para escribir la novela calificada como de no ficción, sobre el asesinato de una familia en un pueblo estadounidense. Su obra en sí es otra cosa. Eso sí que me afectó. Por supuesto que conocía la violencia de los hechos, pero el impacto vino por otro lado: Todos los protagonistas son representados como seres humanos, tanto las víctimas como los asesinos. Y eso puede ser muy difícil de digerir. La contratapa del libro lo explica perfectamente anunciando que Capote retrata a los criminales Perry Smith y Dick Hickcok como dos jóvenes amorales y censurables, pero lo que asusta es que los muestra en una luz muy humana. No puedo negarlo, sentí lástima por el imbécil de Dick y una inmensa pena por el infeliz de Perry. Pero no quiero influenciar a nadie, eso es lo que experimenté yo.

Eso sí, lo que más me partió el alma fue llegar a conocer tanto a las víctimas. No me lo esperaba. Soy consciente de que es espantoso lo que voy a decir a continuación, pero estamos acostumbrados a oír sobre homicidios en las noticias, miramos documentales o series como CSI y todo eso no desensibiliza, no es tema nuevo. No obstante, cuando uno le pone cara y una vida concreta a los que sufrieron un crimen tan horrendo y sin sentido, dejan de ser una estadística, no queremos que sean víctimas o mártires. Y eso solo puede pasar con un libro; nos da detalles que a veces no queremos oír. Queremos que esas personas continúen con sus vidas, a tal punto que, como sabemos que no sobrevivirán, uno le pide en secreto al escritor que deje de hablar de ellos. Por favor, que acaben estas páginas y que en las próximas se termine todo de una vez. No quiero saber más de sueños y planes que no se van a cumplir nunca.

Algo parecido me ocurrió con Perry, pero esto me lo temía, sabía que iba a despertar en mí sentimientos muy distintos al asco o la rabia. Aunque una vez más, el escritor de voz aniñada superó mis expectativas. Conocer los pormenores de la vida malograda de Perry Smith también me partió al medio. Me gustaba imaginar que si nunca se cruzaba con Dick, quizá su vida habría resultado diferente. Invertí algunos instantes en fantasear con la idea de lo que habría sucedido si hubiera vivido en otro contexto. Por desgracia, nació, vivió y murió en el que le tocaba. Y por supuesto, hay otros factores a considerar que no mencionaré para no dar detalles a quien no haya leído el libro. No sé si estaré más pesimista que nunca, pero creo que para ciertas personas que han sido torturadas y escupidas por el mundo, ya no hay vuelta atrás, ya no podrán adaptarse a él. Sin embargo, quiero creer que algunos sí pueden cambiar y ser útiles de alguna forma. No estoy de acuerdo con la pena de muerte, sí con la cadena perpetua para estos seres que no se adaptarán nunca a la sociedad en la que deben vivir. Aunque si lo pienso bien, ¿quién soy yo para decidir esto?

Es un tema duro y difícil, pero me gustaría saber qué piensas al respecto ¿Pueden cambiar las personas? ¿Hay que matarlas si pensamos que no se adaptarán nunca a la sociedad? ¿Tenemos el poder, como seres humanos de decidir quién vive y quién muere, por más que ellos lo hayan hecho? No quería ser moralista pero para mí es imposible no emitir opiniones sobre ciertos temas. Si te parecen muy pesados, te hago otra pregunta: ¿Te has encontrado alguna vez con una película que te resultó mejor que el libro? Digo, para bajarle un poquito el tono a la cosa 🙂

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Un libro con magia: El efecto del aleteo de una mariposa en Japón

Ruth Ozeki-A Tale For The Time Being

Próximamente hablaré sobre esta obra en este espacio. Ténganme paciencia, este libro merece dedicarle un buen tiempo de reflexión.

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Un libro que puedas acabar en un día: La rueda celeste

lathe-of-heavenEste libro me interesaba mucho, y no solo porque quería explorar a Ursula Le Guin hacía bastante tiempo. Una amiga colgó en una red social una lista de libros que se pueden terminar en un día y me pareció genial que The Lathe of Heaven estuviera allí. El tema de los sueños siempre fue muy importante para mí, diría que tengo una relación especial con ellos. De muchos han salido mis cuentos, otros se me quedan pegados a la vigilia y me alegran o angustian hasta la tarde. Últimamente quisiera encontrar una píldora para suprimir las pesadillas. Por eso, cuando vi que el libro contaba la historia de un hombre con el poder de cambiar la realidad a través de sus sueños, que tomaba medicamentos para no soñar, me sentí inmediatamente atraída.

En esta historia de ciencia ficción que te atrapa y no te suelta hasta haberla devorado por completo, George Orr, es detenido por la policía por consumir más drogas de las permitidas. Le Guin describe mi lucha constante y la del personaje cuando el protagonista dice: “no pude encontrar la adecuada… queriendo decir que había estado intentando trancar la puerta por la que entran los sueños, pero ninguna de las llaves era la adecuada para la cerradura.” Para evitar la cárcel, Orr es enviado a terapia y cuando le explica al psiquiatra su problema, este decide, a través de la hipnosis, manipular los sueños de su paciente para su beneficio. Pero no de la forma que uno pensaría.

Fue una sorpresa muy agradable ver que Le Guin tocaba temas morales e ideológicos como el de la superpoblación y las guerras de forma muy inteligente y cuestionadora. Debo admitir que, en mi ignorancia, no esperaba esto de un libro de ciencia ficción. No me voy a extender sobre el tema moral porque no quiero arruinarle la lectura a nadie, y comentar sobre este aspecto sería quitarles gran parte del placer de ir viviendo los cambios que se suceden como consecuencia de la manipulación de los sueños, algo que es para mí, uno de los mejores elementos de la historia. Sí destaco otras cosas que disfruté muchísimo: la idea de un hombre insignificante con un poder tan enorme, la ironía de ciertas situaciones, las realidades que mutan. Esto último fue lo que más me atrapó; tal vez porque odio las rutinas fijas y me canso de mí misma con demasiada frecuencia,  la posibilidad de vivir en mundos paralelos aunque sea por un tiempo, de experimentar el cambio junto a Orr y los otros personajes, me dio muchísima satisfacción.

Es por eso que recomiendo este libro a todos: si no te gusta la ciencia ficción vas a ver el género con nuevos ojos; si te gusta la buena ciencia ficción, la vas a disfrutar; si te gusta que un libro te haga pensar, aquí tendrás mucho material; si te apasionan las infinitas posibilidades que ofrece la fantasía y una buena imaginación, este es tu libro. Lector del blog: ¿Le darías una oportunidad a la ciencia ficción para ver si te sorprende como a mí?

Para los que les interese la versión en español, aquí les dejo el libro completo en PDF:

Le Guin, Ursula K – La Rueda del Cielo

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Una autobiografía: Yo soy Malala

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Allá por el 2012 leía horrorizada la noticia sobre una niña a la que le habían disparado cuando regresaba de la escuela. Le habían disparado precisamente por ir a la escuela. El Talibán había querido callarla. El hecho recién había sucedido y todavía estaba peleando por su vida en un hospital de Inglaterra. Recuerdo que pensé: por favor, que sobreviva, el mundo necesita más personas como ella.

No solo sobrevivió, sino que decidió dedicar su vida a cambiar el mundo. Cuando recibí el desafío de lectura ya tenía varios libros que quería atacar este año y el de Malala fue el primero. ¡Qué mejor elección para empezar el año que una historia que produce inspiración y admiración absoluta! Me pareció extraño colocar en la categoría de biografía el libro de alguien que ha vivido tan solo 17 años.  Pero en sus pocos años de vida, Malala ha hecho más que muchos en decenas de décadas. Y me hizo muy bien recorrer con ella el camino de sus primeros años, sabiendo que en los siguientes va a lograr todavía mucho más.

A través del libro descubrí cómo se formó la personalidad de esta chica con una valentía que parece de otro mundo: la heredó de su padre, una persona igual de increíble, que luchó con todo lo que tenía (y más que nada con lo que no tenía) por sus ideales, por dar educación a todos los niños, sin importar su género. Conocí el amor que siente Malala por su tierra natal, el valle de Swat, cómo fue crecer en una escuela, y todo lo que hizo su padre por mantener vivo ese centro de educación. Fui viviendo con horror los cambios impuestos por un tirano que felicitaba por radio a las niñas que abandonaban la escuela. Sentí un miedo real cuando sabía que se acercaba el momento del disparo y me desgarraba ver la inocencia de una niña que pensaba que no la atacarían por esa misma razón, por ser una niña. Ni siquiera el Talibán podría ser tan cruel.

Pero lo fue. El totalitarismo no tiene filtros, no hay atenuantes frente a su mirada ciega. Y creo que el deseo de control de un fanático religioso debe ser una de las cosas más peligrosas que hay en este mundo. Millones de niñas no van a la escuela en Pakistán, millones están sometidas a un sistema que las oprime y no tienen ningún arma a su disposición, porque sin educación están a merced del mayor abuso y control. Malala luchó contra este sistema con su pluma. Se dieron cuenta de que su voz era peligrosa y quisieron callarla. Lo que lograron fue todo lo contrario, ahora todo el mundo la escucha.

“Un niño, un maestro, un libro, un lápiz pueden cambiar el mundo”, dijo Malala en un discurso frente a una asamblea de jóvenes en la sede central de Naciones Unidas en Nueva York, en su cumpleaños número 16. ¡Y vaya que pueden cambiarlo! Al cerrar el libro sentí que este mundo tan enfermo tiene una esperanza. Y a veces, este es el tipo de lectura que necesito, para darme cuenta de que, sin importar las trabas, los contratiempos, las críticas, puedo alcanzar mis metas y que mis luchas pueden producir resultados, aunque quizá, un poco menos relevantes.

¿Leíste el libro? Espero tus comentarios.

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Posdata de la entrada:

Hoy es 8 de marzo, día internacional de la mujer. Ya lo dije antes, cuando Malala recibió el disparo en la cabeza, me horroricé. Y como consecuencia escribí un artículo en el blog que tenía en ese momento, cuando vivía en Inglaterra. He decidido copiarlo aquí porque me parece un poco más interesante y sobre todo porque le hace más justicia a una de las mujeres más increíbles de esta época que las poquitas palabras que escribí sobre su libro. Y ya que estamos, hablo sobre otros libros interesantes 😉

El poder de la lectura

“La educación, como la luz del sol puede y debe llegar a todos sin que se empañe su fulgor ni se aminore su intensidad”- dijo el reformador de la escuela uruguaya, José Pedro Varela. Hoy puedo entender la importancia de esas cuatro palabras que tuve que aprender de niña para dar la lección en clase: universalidad, gratuidad, obligatoriedad, laicidad- los cuatro principios en los que se basaba esta reforma de la educación que buscaba educar a las personas para formar ciudadanos libres. Hoy me doy cuenta de lo afortunada que fui al nacer en un país donde la escuela es un derecho de todos; de la suerte que me tocó al tener unos padres que consideraran que la mayor herencia que podrían dejarme era mi formación, de que me alimentaran a libros hasta empacharme, sin prohibirme ningún ingrediente.

En su tributo a las librerías y los libros, Lewis Buzbee menciona muchas obras, pero una en particular fue la que más me llamó la atención por la historia que la rodea; una nube oscura y ridícula que sólo puede ser el resultado de combinar ignorancia, extremismo e intolerancia. Se trata del libro “Los Versos Satánicos”, del escritor Salman Rushdie. Buzbee cuenta como en el año 1989 pasó un fin de semana en una librería de un pequeño pueblo de California junto a otros representantes de venta como él, amigos y libreros, todos reunidos en torno a una estufa a leña, leyendo pasajes del libro. Cuenta también como esa escena se repitió en varias librerías del país, donde todos llevaban prendedores con la inscripción “Yo soy Salman Rushdie”.

Unas semanas antes, el 14 de febrero, el ayatolá Ruhollah Jomeiní, líder religioso de Irán, había leído un edicto religioso, o fatwa, instando a la ejecución del escritor. Lo había condenado a la pena de muerte por escribir un libro que consideró “blasfemo contra el Islam”, además de acusarlo de “apostasía”, el abandono de la fe islámica que según las tradiciones del profeta, debe castigarse con la muerte. Pero lo irrisorio de la situación no terminó allí; en pleno siglo XX, el líder religioso (y político, por supuesto) le puso precio a la cabeza del escritor, ofreció una recompensa de tres millones de dólares  por la muerte de Rushdie. También hizo un llamamiento a la ejecución de los editores que publicaran el libro, que fue prohibido en India, Sudáfrica, Pakistán, Arabia Saudita, Egipto, Sudán e Indonesia, entre otros países. Se organizaron protestas, quemas de libros y librerías. Al leer todo esto fue inevitable remontarme a la Edad Media, época de oscurantismo e ignorancia. No es necesario describir el horror que me produjo pensar que cientos de años más tarde, los libros se sigan quemando.

Luego de leer la referencia que hace Buzbee sobre este controversial libro, con la curiosidad bien despierta y la indignación a flor de piel, seguí investigando el tema, sólo para hallar más injusticias y ultrajes. Me equivoqué al creer que la repulsión provocada por esta historia macabra y real no podría ser mayor; descubrí que otra figura había sido víctima de las represalias totalitarias: el traductor. En 1991, Hitoshi Igarashi, traductor de la obra al japonés, fue asesinado en Tokio; el traductor italiano fue golpeado y apuñalado en Milán; 37 personas murieron en un hotel de Turquía, al ser quemadas por manifestantes que protestaban contra Aziz Nesin, traductor de Rushdie al turco. Ya es indignante que un escritor haya tenido que pasar diez años de su vida escondido por algo que escribió, aun lo es más que traductores hayan perdido la suya por hacer su trabajo. Sentí que me tocaban la fibra más íntima de mi yo traductor, tenía que conseguir el libro. No para entender lo inexplicable- no hay razones que justifiquen el asesinato de un ser humano, mucho menos de las ideas- sino como un homenaje a todos los que demostraron valentía al defender sus palabras, sus trabajos, su libertad de expresión.

Por más que haya leído que Rushdie en ningún momento dice Mahoma, Islam o Meca, necesitaba leerlo para descubrir dónde estaba el insulto, cuál era la gran ofensa que causó tanta violencia. Necesitaba también una buena charla sobre el tema, así que fui a visitar a mi nuevo amigo Mr. John, quien no tardó en expresar que todo el asunto del fatwa le pareció tan ridículo como a mí. Mientras me encargaba una copia, le pregunté un poco a tono de broma ingenua si no tendría problemas leyendo el libro en público, sobre todo en el pueblo donde vivo, donde la comunidad musulmana es tal vez mayor que la inglesa. Mi amigo librero me dijo: “te recomiendo que lo leas en la privacidad de tu hogar”. Tardé unos minutos en darme cuenta de que no estaba hablando en broma. Bajando un poco el tono de voz e inclinándome sobre el mostrador, seguí demostrando mi ingenuidad: ¿no debería leerlo en público porque podría ofender a alguien o porque correría peligro? A lo que respondió: “Lo segundo. Hay muchos locos por aquí.” Unos días después, cuando fui a buscar mi copia, no dejó de repetirme que lo leyera en privado. Un cliente asiduo de la librería que había participado en la conversación, hasta me sugirió que si lo quería leer en el bus (como es mi costumbre), le pusiera una cubierta oscura. Todavía asombrada, les comenté que la idea de no poder leer un libro a mis anchas me resultaba demasiado difícil de digerir. Intenté imaginarme algún caso extremo en el que pudiera pasar algo similar en Uruguay pero me fue imposible; pensar que alguien pudiera insultarme o incluso hacerme daño por ir leyendo “El Evangelio según Jesucristo” en el CUTCSA me causó gracia. Sin embargo, no pude evitar dejarlo en su envoltorio cuando me lo llevé y, aunque me mordiera de rabia y me avergonzara de mi cobardía, dejé que el miedo me robara el placer de estudiar mi nuevo ejemplar por primera vez, de camino a casa.

La adquisición del libro prohibido fue hace unas semanas. Por esos días, ocurriría otro hecho funesto que me sacaría más chispas de indignación; Malala Yousafzai, una activista pakistaní de catorce años (sí, catorce) recibía un tiro en la cabeza por defender el derecho de las niñas a ir a la escuela. Esta valiente niña escribía un blog en el que criticaba públicamente las atrocidades cometidas por los talibanes, quienes habían cerrado y quemado colegios de niñas. El grupo terrorista, Tehrik e Taliban Paskistan (TTP) no tardó en responsabilizarse por este acto, argumentando que Malala era una joven profana por luchar por los derechos y educación de las mujeres, ya que según el grupo, es sólo privilegio de los hombres. Aseguraron también que si la niña sobrevivía la volverían a atacar, a ella y a todas las que decidieran defender su derecho a una educación. Lo triste es que, pese a la condena mundial de este ataque de cobardía, muchas niñas en Pakistán han dejado de concurrir a la escuela.

A más de 130 años de la reforma Vareliana en mi país, reforma que extendió la enseñanza a todos sin distinción de género, me parece inconcebible que todavía existan lugares donde las niñas corran peligro por querer ir a la escuela. ¿Cómo es posible que se siga castigando con la muerte a quienes están hambrientos de educación? ¿Y a quienes expresan sus ideas a través de los libros? Me pregunto si llegará el día en el que el ser humano ya no necesite dominar, prohibir, esconder, silenciar voces. En una nota positiva, cientos de peticiones están siendo firmadas como consecuencia de estos acontecimientos, una de ellas intenta que la discriminación contra las niñas se declare ilegal en todos los países del mundo. Lo que me parece increíble es que todavía sea necesario luchar por derechos que crecí sabiendo básicos.

Hoy, Malala se recupera en un hospital de Birmingham, las niñas musulmanas concurren a las escuelas de Crawley, Salman Rushdie ya no vive bajo la protección del gobierno británico. Sin embargo, mi copia de “Los Versos Satánicos” sigue guardada en un estante. Por ahora. Tal vez, algún día pueda leerla de camino al trabajo, sin miedo.

“Es detestable esa avaricia espiritual que tienen los que, sabiendo algo, no procuran la transmisión de esos conocimientos.” Miguel de Unamuno.

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