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Un libro de relatos cortos: 10 relatos de mujeres

10 relatos de mujeresAndo recorriendo las librerías de Barcelona. Mi favorita es La Central, la de la calle Mallorca, la otra no tiene nada de especial. En ella puedo ojear los títulos cuando ando con hambre de buena literatura, limitarme a comprar un solo ejemplar con toda la fuerza de voluntad de alguien que no tiene presupuesto, y sentarme a tomar un té con un mini bocadillo sin darme cuenta de cómo pasan las horas entre mis lecturas. Creo que eso es lo que más me gusta de la ciudad, la posibilidad de leer en cualquier lado; en cafés, en librerías, en el metro, en nuestro piso cerca de la Sagrada Familia. Y es que esta ciudad invita a leer.

Y también invita a descubrir autores que se esconden en los estantes de las librerías de segunda mano. Allí fue donde encontré estos 10 relatos de mujeres. Ya conocía a varios de los escritores que se reúnen en esta colección, aunque más no fuera de nombre; con algunos había compartido conversaciones unilaterales, ellos narraban y yo escuchaba; con unos tenía más familiaridad que con otros; y a algunos no los conocía de nada. ¿Por qué me los llevé a casa? Cuentos. Tenía ganas de cuentos. Quería devorarlos con gula. Su formato lo permite, se pueden terminar en unos cuantos bocados rápidos y no por eso llenan menos.

Hace algunos años, cuando comencé a escribir relatos cortos, alguien me dijo “la gente ya no lee cuentos”. Por más que intentaron explicarme los por qué, no pude entender esa tendencia que me parecía tan ilógica. Al principio me parecía que era un error, pero luego fui viendo que era verdad: los libros de cuentos no se venden ni remotamente tanto como las novelas. Una de las razones principales parece ser que cuando una historia o personaje le gusta al público, éste no quiere que se presenten de forma tan fugaz como lo hacen en un relato. Ante este razonamiento, no puedo evitar pensar en el consumismo. Parece que hoy en día nada nos basta. Más, más, siempre queremos más. Más comida, y si el restaurante es all you can eat, mejor; más aparatos electrónicos, no basta con un teléfono móvil y una iPad, hay que comprar una tablet y otros aparatos aunque todos hagan lo mismo; más ropa, nuestros armarios explotan de prendas que no usamos nunca, pero cuando llega el fin de semana, hay que ir de shopping y comprar más.

Se me ocurre que algo similar pasa con la literatura. Así como muchos prefieren comer hasta reventar, una gran parte de los lectores prefiere atragantarse con novelas interminables que no dicen nada, o que dicen lo poco que tienen para decir en cientos de páginas con puro relleno mal escrito, antes que saborear un buen cuento narrado en pocas palabras. Entonces, el buffet de comida china por un precio con descuento tiene más éxito que el restaurante que ofrece porciones pequeñas pero deliciosas. Queremos más por nuestro dinero, sin darnos cuenta de que podemos estarnos perdiendo nuevos sabores, historias llenas de encanto, o tal vez de una melancolía y dolor exquisitos, como las que se encuentran en este libro que acabo de degustar. En ellas, un inventor intenta diseñar un robot con intuición femenina, un hombre paga por recibir sueños ajenos, una mujer solitaria decide acudir a una cita. En ellas, hay una mezcla de soledad, miseria, amor y reflexión.

Como siempre y siguiendo con el estilo de este blog, de lo que menos hablo es del libro en cuestión, pero en este caso tiene un poco más de sentido: al tratarse de cuentos cortos, no quiero dar muchos detalles, solo decir que unos me gustaron más que otros, pero todos valieron la pena. La mayoría me hizo pensar. Creo que esa es una de las mejores cualidades del relato; uno bien escrito y con un buen final siempre te deja pensando. No se termina con la última palabra, se queda contigo por un tiempo como una estela literaria. Esto pasa sobre todo en aquellos que sorprenden por su final abrupto o inesperado, nos dejan con la boca abierta, medio atontados. Es algo que la novela no logra. Y es algo que disfruto muchísimo. Me fascina escribir cuentos, pero más me maravilla experimentar una conclusión sorprendente o perturbadora, como la del almohadón de plumas de Quiroga; uno de los mejores finales que he leído.

Para terminar esta entrada de hoy les hago una pregunta: ¿cuándo fue la última vez que leyeron un cuento? No les voy a decir que vayan corriendo a comprarse 10 relatos de mujeres, pero sí les propongo lo siguiente: más abajo publico una lista con los enlaces para leer algunos de los cuentos que más me marcaron, los que leído y releído y que no pierden nunca su magia y originalidad. Sé que son muy conocidos, pero vuelvan a leerlos y si les producen algo, lo mismo que la primera vez, o quizá nuevos sentimientos de sorpresa, intriga, o lo que más les alborote las neuronas, busquen otros cuentos de esos escritores, prepárense un cafecito o el brebaje que más les apetezca y pónganse a leer. No los van a decepcionar.

nuevos viejos tesorosEstos son 7 de mis cuentos preferidos:

  1. Casa tomada. Julio Cortázar
  2. Ojos de perro azul. Gabriel García Márquez
  3. El almohadón de plumas. Horacio Quiroga
  4. El gato negro. Edgar Allan Poe
  5. En la colonia penitenciaria. Franz Kafka
  6. Una rosa para Emily. William Faulkner
  7. La sabana. Ray Bradbury
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Un libro que te dé miedo: Demasiada felicidad

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La primera vez que vi las categorías de este reto de lectura, supe que el libro que me diera miedo no iba a ser ni de fantasmas ni de brujas. No tengo nada que temer con los relatos o poemas de Edgar Allan Poe, que me vienen acompañando las noches desde que tenía nueve años, ni con las películas de vampiros, en las que encuentro belleza y dolores familiares. Por todos ellos me siento abrazada, comprendida. El miedo de mi libro tenía que ser real, pero no de algo concreto sino de algo abstracto. Por eso, cuando me recomendaron una colección de cuentos reunidos en un libro llamado Demasiada felicidad, pensé que sería el indicado para esta categoría; a eso le temo, a ese concepto tan imposible que es la felicidad.

Seguro que si alguien lee esto se preguntará: ¿qué le pasa a esta chica? ¿Le da miedo la felicidad? En realidad, creo que lo que me da miedo es no saber definir la idea. O quizá, un día llegar a descubrir que ni siquiera existe. Me resulta difícil creer en la pureza de la felicidad. Y a eso sumémosle que siempre tuve problemas con las emociones, se podría decir que estas se me descontrolan demasiado seguido. Conozco la euforia y la depresión severa, esos son compañeros más reales para mí. Me explico un poco mejor: hace poco me diagnosticaron Trastorno Límite de la Personalidad o Borderline. Las características de este trastorno son varias, pero lo más importante en mi caso son los cambios de humor incontrolables, la forma de experimentar todo de manera desproporcionada y los sentimientos crónicos de vacío. Creo que no es tan raro que alguien con este vacío constante llegue a pensar que la felicidad es algo utópico; por lo general una está intentando ―a veces sin mucho éxito― encajar en algún lado, adaptarse, encontrar un propósito en la vida para domesticar a la angustia.

El diagnóstico es reciente, pero hace muchos años que me vengo peleando con estos problemas, y tal vez por eso tuve que tomarme mi tiempo para leer este libro; cada historia requirió mucha fuerza de voluntad de mi parte. No porque fuera difícil de leer, sino porque me vi retratada en algunos personajes o en rasgos de su personalidad, y varios relatos me dejaron la sensibilidad en carne viva. Leía, me conmovía, me angustiaba, me tomaba un descanso, seguía leyendo. En unas pocas páginas, la escritora plasma vidas enteras, pero estas son tan comunes y rutinarias que asustan. O quizá esto me pase solo a mí, que siempre le tuve terror a las rutinas. Pero lo que cualquiera que lea sus cuentos verá, es la habilidad que tiene Munro para extraer situaciones penetrantes de lugares comunes, de dibujar personajes complejos con total simplicidad: una madre que ha perdido a sus hijos, una viuda que charla con un desconocido amenazante, dos niñas que se encuentran con una situación que no soportan, una adolescente que cuida de un enfermo terminal, una matemática rusa que me dejó el alma hecha añicos, la protagonista del relato que le da el nombre al libro.

Y aquí vuelvo al tema que tanto me obsesiona: la bendita felicidad. Ayer fuimos al concierto de una cantante islandesa sugerida por mi esposo, quien conociendo mis gustos musicales vaticinó que me iba a gustar. Y no se equivocó. Había decidido no escuchar ni una canción de ella para sorprenderme. La sorpresa fue más que agradable; en menos de dos horas Emiliana Torrini me hizo reír, emocionar y sentir mucho, pero esta vez no me importó la exageración de mis emociones, esta vez me permití sentir todo sin culpas. Uno de los temas que interpretó fue Big Jumps (saltos grandes), luego de explicar que la letra hablaba de que se necesita ser muy valiente para permitirse ser feliz. Me hizo pensar, y de ahí salió el texto que estoy escribiendo.

Me di cuenta de que tendré muchos problemas por solucionar, pero dejar de hacer algo por miedo no es uno de ellos. Necesito cambios para sentirme viva y cambio todo el tiempo: de corte de pelo, de trabajo, de país. Doy grandes saltos sin pensarlo mucho. Cuando salto no necesito pensar. Quizá eso sea lo más parecido a la felicidad: saltar lejos, escuchar una canción por primera vez, sentir sin culpas, aceptarse un poquito más cada día, descubrir que las rarezas no son tan raras cuando las distancias son otras. Quizá sea leer un libro, aunque nos aterre por ser espejo de nuestras oscuridades. Saber que hoy tengo más fuerza que ayer, para mostrarme más y esconderme menos; para entender que un diagnóstico no me convierte en enferma ni loca; para ir dejando la vergüenza de lado. Y qué quieren que les diga, si eso es la felicidad, realmente no me importa que sea demasiada.

“Da saltos grandes. ¿Tienes miedo de quebrarte algún hueso? Da saltos grandes, la vida es tuya.” Emiliana Torrini

Notas:

  • Si han leído las entradas anteriores sabrán que divago mucho, pero esta vez me superé a mi misma. Si alguien llegó de casualidad a este blog esperando una reseña del libro, pido disculpas.
  • Si alguien andaba por aquí investigando el trastorno límite de la personalidad y se encontró con mis cavilaciones, los desvío a este sitio, que sabe explicar mucho mejor lo que yo recién estoy tratando de entender.
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Un libro de no ficción: En el piso de abajo

Below Stairs

Siendo el mes de la mujer, quise leer palabras escritas sobre ellas y por ellas. Me decidí por libros que narran las vidas de cuatro mujeres muy distintas: una joven nigeriana que le tiene terror a su padre, una mujer en sus cuarenta que decide que ya no tiene nada por qué vivir, la esposa de un escritor famoso, y una cocinera en la época de las grandes casas inglesas y sus patrones aristocráticos. Ya hablé de las primeras tres en entradas anteriores, que se encuentran en el archivo del mes de marzo. Hoy me toca hablar de Margaret Powell y las crónicas de En el piso de abajo, o Below Stairs según su título original. Si bien lo terminé en dos días, lamento decir que este fue el primer libro del desafío que me decepcionó.

Como fanática de las series Downton Abbey y Los de arriba y los de abajo esperaba más; me habían dicho que el libro abordaba los mismos temas y que las formas eran las mismas. Incluso leí un comentario halagador de la escritora de Llamen a la partera, otra autobiografía que me atrapó de principio a fin. Pero creo que el estilo de ambas obras es muy distinto. Entiendo que las vivencias de la partera están escritas por alguien con más formación, mientras que Powell no terminó la educación secundaria, entiendo que debería ser más comprensiva con las circunstancias, pero tengo que decir la verdad, leer su libro era como escuchar a una de esas veteranas que repiten hasta el cansancio que todo tiempo pasado fue mejor. “En esta época esto o aquello es más fácil, pero antes…”, “ahora hay tal o cual cosa, pero antes…” y así es la cosa página tras página. Parece una colección de relatos que no difieren mucho unos de otros, salvo en algunos detalles; la lectura es tediosa y si lo terminé es porque quería ver si pasaba algo más.

Sé que algunos pensarán que soy una esnob literaria, puede ser, pero el estilo no fue lo único que me agotó, varios elementos me chocaron capítulo a capítulo; sentí que un resentimiento amargo iba en ascenso a pesar de que la autora dice no estar resentida, y parece como si su ética se basara solamente en lo que podía obtener de las personas o situaciones. Un ejemplo de esto último es cuando cuenta que uno de sus empleadores tenía la costumbre de tocarle el cuello y que no le hubiera importado si esas caricias hubieran venido acompañadas de una caja de chocolates. Otra cosa que me causó retorcijones de estómago fueron sus supuestos “intentos de superación”, que no eran otra cosa que conseguir un marido para dejar de trabajar. Para cumplir el objetivo de su vida, escaneaba a los posibles candidatos en base a sus circunstancias económicas; por eso, así como a ella la despreciaban por ocupar el puesto más bajo dentro del servicio doméstico en esa época ―la ayudante de cocinera― ella desestimaba a todo el que trabajara en servicios, ya que casándose con uno de ellos nunca podría abandonar el trabajo. Comprendo que la época era otra, que la mujer no tenía casi opciones, pero los años van pasando y de ayudante de cocina pasa a ser cocinera, un puesto que para muchas era motivo de orgullo, pero su meta seguía siendo la misma. Por todo esto, me cuesta ver lo rescatable de la autobiografía. Tiene algún que otro elemento interesante, pero que ya conocía a través de otras historias. Es una mujer que no tuvo la oportunidad de educarse, aunque lo hizo después, cuando sus hijos eran mayores, cuando vio que no tenía de qué hablar con ellos. Pero esto apenas se menciona, está tirado al final como colgado de las últimas páginas, si hubiera sido lo principal, sería otro tema.

Tal vez porque el libro me resultó tan aburrido, esta entrada me está quedando igual de somnífera. Pero paso a contarles algo que me sucedió cuando leía los pasajes sobre el interés de la autora en encontrar a su marido salvador: recordé uno de mis primeros trabajos, el primero después de recibir mi título de traductora, en el año 2003. Habiendo terminado la carrera quería volver al trabajo lo antes posible, había dejado de trabajar durante el último año para poder dedicarme de lleno a estudiar. Al ver que no encontraba nada en mi campo laboral, acepté un puesto como anfitriona en el restaurante de lujo de un hotel cinco estrellas en Montevideo. Inocentemente pensé que me serviría para hacer contactos a través de los huéspedes de habla inglesa que podrían necesitar los servicios de una traductora. En mi primer día, después de que mi jefe terminó de darme el recorrido inicial y cuando íbamos a encargar mi uniforme, me dio un discurso que nunca olvidaré. Me dijo que era muy linda, pero que necesitaba usar más maquillaje, acortar mi pollera y ponerme “unos buenos tacos”, porque él sabía que los hombres me iban a mirar y que si “hacía las cosas bien, uno de ellos me iba a sacar de ahí”. Procedió a contarme la historia de una de las recepcionistas anteriores, que tuvo la suerte de que uno de los clientes regulares del hotel se había interesado en ella y la tenía como amante, le había comprado un apartamento y ahora almorzaba todos los jueves en el lugar donde antes había trabajado sirviendo a otros. De más está decir que el hombre era casado, viejo y totalmente repulsivo. Tuve que aguantarme las arcadas la primera vez que los vi juntos, ella siendo más o menos de mi edad.

También tuve que aguantarme las ganas de soltarle una chorrada de insultos a mi jefe; me contuve porque no quería perder el trabajo en mi primer día, pero luego me saqué las ganas de largarle otros discursos durante el año que trabajé allí: no necesito que ningún hombre venga a rescatarme, gracias. En aquel momento sentí mucho asco, y hoy que lo recuerdo, aún me sorprendo de que estas situaciones se sigan dando. Ya no estamos en los años 20, cuando una de las pocas salidas era el matrimonio, ni en los años 50, cuando las mujeres estudiaban hasta conseguir marido; sin embargo, muchos siguen pensando que el hombre es necesario para tener una mejor situación económica, no ya el marido, un amante que te de regalos basta. Mi jefe había visto mi currículum, sabía que yo era profesional universitaria, pero eso no importaba, un hombre tenía que salvarme de ese trabajo que me obligaba a estar 8 horas de pie. Más tarde me encargué de aclararle que trabajaba porque quería y que no se preocupara por mí, ya iba a lograr mis objetivos por mi cuenta.

El otro día recordaba este y otros trabajos odiosos que tuve y pensé: ahora sí creo que la mía es una historia de superación. En aquel hotel no logré más que traducir el menú sin cobrar nada, las tarjetas profesionales que di solo sirvieron para que algún huésped me llamara cuando se sentía solo, ofreciendo cenas y otras cosas más que rechacé. Hoy trabajo de lo mío, hago lo que quiero. Siempre digo que no tendré mucho; no tengo auto, ni casa propia, ni siquiera tengo una hipoteca, pero lo que tengo es mío, me lo gané yo. Y hoy ya no tengo que usar maquillaje, ni polleras cortas ni sonrisas forzadas.

unos buenos tacos

Me da curiosidad, a las lectoras mujeres, ¿les han pasado cosas parecidas? ¿Piensan que su vida es una historia de superación? 🙂

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Un libro ambientado en un sitio al que siempre hayas querido ir: Mrs. Hemingway en París

The Paris WifeHoy no estoy en Barcelona, escribo desde un barcito del París de los años 20. Luego me paseo de un café a otro, bailo al ritmo del jazz, tomo brandy mientras converso sobre literatura, arte y la vida. Me codeo con Scott y Zelda Fitzgerald, Gertrude Stein, John Dos Passos y otros grandes de las letras. Me empapo de la alegría exagerada que siguió a la guerra y absorbo la creatividad que parece encontrarse en cada rincón de la ciudad de las luces en esa época. Estuve leyendo The Paris Wife en su versión original en inglés, que cuenta la vida de Hadley Richardson, la primera esposa de Ernest Hemingway.

Llegué a este libro a través de una recomendación en una de las infames listas que mi amiga Vanessa (otra devoradora de literatura) cuelga en Internet para tentarme y lograr que siga aumentado mi colección. Aquella lista relacionaba libros con películas, y en este caso en particular, se mencionaba que si a uno le había gustado la película Midnight in Paris, de Woody Allen, le encantaría esta novela. Y resultó ser verdad; tiene el mismo espíritu, los mismos toques de bohemia, diversión y decadencia, me causó la misma nostalgia por una era de oro en la que nunca viví. Me dio también nostalgia de todas las callecitas que sí recorrí cuando pude pisar el suelo de una de mis tierras soñadas.

Sin embargo, el libro ofrece mucho más y cuánto más avanzaba en la historia, menos disfrutaba de las escenas pintorescas de París; estaba tan metida en el interior de Hadley, que solo podía ver su sufrimiento y sus intentos lastimosos por adaptarse a una sociedad que jugaba con reglas totalmente distintas a la suyas, por mantener un amor que ya estaba manchado. A pesar de no ser una biografía, la autora declara que intentó ser lo más fiel posible a la realidad de la vida de esta pareja, y quizá porque sus aventuras y penas están relatadas en primera persona más angustiosos se me hicieron los eventos que van sucediéndose, dejando adivinar una caída tan inevitable como las fichas del dominó cuando se tira la primera. Aclaro que no estoy arruinándole el libro a nadie, me parece que es bien sabido que Hemingway tuvo cuatro esposas y mil cien amantes. Pero bien vale la pena enterarse cómo pasó de la esposa número uno a la número dos.

Muchas veces me he preguntado por qué tantas mujeres se empeñan en vestirse de blanco por una noche, para pasar el resto de sus vidas como una sombra negra. Creo que esto fue lo que le pasó a la Sra. Hemingway:  dedicó años de su vida a ser la amante, musa, compañera y lectora de un escritor con un ego más grande que la Torre Eiffel, cuyo egocentrismo de macho alfa salpica casi todas las páginas, incluso las que no se está hablando de él. Tal vez por eso me metí tanto en esta crónica, porque enseguida me di cuenta de que Hadley parecía no ser ni la protagonista de su propia historia. Quería gritarle: ¡reacciona, por favor! Y es que me resultó muy difícil ver cómo brindaba todo de sí para ser la sombra de alguien que necesitaba ser adorado, porque sabía que en algún momento iba a querer reemplazarla, cuando considerara que ya no tenía una “esposa buena y leal”, o cuando apareciera otra mejor. Admito que no le tenía nada de simpatía a este escritor desde que me obligaron a leer El viejo y el mar en el colegio, y desde que me enteré de los rasgos de su personalidad leyendo algunos datos anecdóticos sobre él. Ahora lo tolero aún menos y por más genio que lo declaren, no me interesa leerlo más. Le he regalado demasiado tiempo a personajes como este en la vida real, no quiero dedicarle mis horas de lectura a alguien así.

Puede parecer que estoy siendo muy dura. Estas son las cosas que yo sentí al leer la novela. A otros bien puede generarle una reacción diferente. No quiero influenciar, pero se me hace casi imposible no opinar sobre estos aspectos. He visto y sigo viendo mujeres que durante años son “la compañera”, y cuando ya no lo son, ¿qué les queda? Ese modelo podría funcionarle a algunas en la época en la que las parejas se disolvían solo con la muerte, así supieran que no eran la única en la vida de sus esposos, ellas eran “la titular”. Otras se veían atrapadas en una vida que no era la suya. Pero hoy en día no veo cómo puede prosperar ese estilo de vida, ahora que todo es descartable, ahora que nadie cree en el “para siempre”. Si nuestro único propósito en la vida es transitar el camino de otro, ¿qué pasa cuando este nos suelta la mano? Para algunas el otro camino son los hijos, pero algún día estos vivirán su vida por separado, y en ese momento ¿la de ellas quedará vacía? También veo cómo eso se repite con madres el día de hoy. Y pienso en mi madre, que estudió y luchó contra viento y marea para tener la profesión de sus sueños. ¿Qué hubiera pasado si yo hubiera sido su único camino cuando me mudé a miles de kilómetros de distancia hace ya casi 5 años? Con seguridad me sentiría mucho más culpable de lo que me siento ahora por estar tan lejos, porque si yo fuera toda su vida, no podría dejarla sola, y esto me impediría a mí cumplir mis propios sueños.

Estas reflexiones pueden no caerle bien a todo el mundo, pero son en cierta medida, simples conclusiones que voy sacando a medida que conozco gente, que soy testigo de sus soledades, o en el caso de hoy, al leer la novela sobre la desazón y desengaño de una de estas musas descartables, si me aceptan el atrevimiento de llamarlas así. Que no se malentienda, el libro es atrapante, lo recomiendo mucho porque lo disfruté y me lo devoré en tres días. Tal vez si no hubiera tenido otras actividades diarias lo habría terminado en menos. Pero por suerte para mí, recorro varios caminos en esta vida, siempre buscando mi propósito. Necesito varios de esos, por las dudas. Nunca se sabe qué puede salir mal, pero cuando eso pase, quiero estar preparada.

timeless_loneliness

* Notas sobre la edición en español:

Mrs. Hemingway en París

Editorial: Alianza Literaria

I.S.B.N.: 978-84-206-7394-3

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Un libro con un color en el título: La flor púrpura

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Sabía que este libro iba a ser muy crudo porque en una de las charlas que dio su autora, Chimamanda Ngozi Adichie, comentó que la novela se centraba en la historia de un padre de familia abusivo. También mencionó que ella había tenido la suerte de tener una infancia feliz, llena de risas y cariño. Y que cuando alguien le dijo que para ser buen escritor era necesario haber tenido una infancia extremadamente infeliz, comenzó a pensar sobre cómo podía inventar cosas horribles que sus padres le habían hecho. Sabiendo esto, me impresionaron todavía más las vívidas descripciones narradas en primera persona por una protagonista tímida y muerta de miedo: una adolescente nigeriana llamada Kambili. Muchos pasajes fueron tan duros que tuve que cerrar el libro por unos minutos, apretar los ojos y tomarme un respiro. No por ser gráficos ni morbosos ―toda la historia está relatada con mucha altura y dignidad― sino por lo bien que está representado el terror visto desde los ojos de una persona que solo conoce el abuso, de alguien que no se atreve ni a reír o a decir algo incorrecto, que solo sabe llorar en silencio, y que no se conoce ni a sí misma, porque todas las acciones de su vida han sido guiadas por el temor a las represalias. ¿Cómo hizo la novelista para describir con tanta exactitud el dolor indecible de crecer viendo a tu madre sufrir?

No sé cómo lo hizo, pero el producto fue una obra que emociona y también produce rabia y frustración; que te saca sonrisas y que te hace sentir todo en carne propia, como un hierro caliente. Y a veces sus palabras duelen, debido a que narran la hipocresía de un fanático religioso que comete injusticias en nombre de su Dios católico, al que no le tiembla la mano cuando tiene que castigar a los miembros de su familia para reforzar la importancia de su religión y su moral. El hecho de que todos lo consideren un santo por donar dinero y ayudar a sus vecinos, pero que de puertas para adentro ese “santo” se convierta en un tirano, causa un verdadero revoltijo en el estómago. Y nos hace recordar con una cachetada, que el abuso se da en todas las clases sociales.

Pero como bien dice Chimamanda en su charla que les dejaré más abajo, no es bueno ver una “historia única” y yo no voy a hacer eso con su libro. La autora nos señala muchísimas cosas: el peligro del fanatismo religioso sea cual sea la religión, la inestabilidad política de Nigeria, la belleza de las costumbres del país, el contraste entre una familia con dinero que está rota y otra que a veces se queda corta en sus raciones de leche, pero a la que nunca le faltan las risas estridentes. Muchas historias se entrelazan en esta novela, muchos personajes atiborrados de vida despliegan todos sus colores bajo un sol africano que abraza sus almas libres. En el libro también hay bondad y hasta esperanza en una flor. Uno siente que es justo que aparezcan esas personas, porque en la realidad también están, esos que te muestran caminos distintos, que te dan la fuerza que te falta, que te enseñan a llorar con ganas, a reír con firmeza.

No quiero comentarles más sobre el libro, quisiera que se animen a explorarlo, a pesar de que algunas páginas produzcan reacciones físicas no muy agradables. Quisiera también terminar la nota de hoy comentando un poco sobre la charla que les mencionaba. En ella, la escritora nos cuenta el peligro de ver las cosas desde una única perspectiva. A partir de allí, me dieron más ganas de leer su primera novela, porque un profesor se la había criticado diciendo que sus personajes no eran lo “suficientemente africanos”, ya que conducían autos y no estaban muriendo de hambre o SIDA. Y un estudiante le comentó con descaro que había leído el libro y que era una lástima que todos los hombres nigerianos fueran abusivos. Ella le respondió algo muy ingenioso, generando carcajadas que resonaron en toda la sala, pero si quieren saber qué fue lo que le dijo, van a tener que ver la charla, y enterarse de por qué es tan perjudicial mirar las cosas desde un solo lado y vivir llenos de prejuicios. Y les digo, después de haberla escuchado, leído y pensado, tengo cada vez más ganas de salir de la comodidad europea a explorar el continente africano, más precisamente a Nigeria. Sé que un día lo voy a hacer, tal vez me tome tiempo, como todo, pero no me voy a quedar con las ganas, ya aprendí que tengo fuerza para muchas cosas, y eso gracias a personas como Chimamanda, como mi madre, que es mi mayor inspiración en la vida. Y a mis amigos coloridos que ríen a carcajadas, por supuesto.

¿Le regalan unos minutos de su vida a un tema que los hará pensar? Aquí se los dejo. Y como siempre, espero opiniones 🙂

“La historia única crea estereotipos, y el problema con los estereotipos no es que sean falsos, sino que son incompletos. Hacen que una historia se convierta en una historia única.” Chimamanda Ngozi Adichie

Hibiscus tea

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Una obra de teatro: Buenas noches, madre

night mother

“Quédate conmigo un poco más, solo unos años. No me quedan muchos. Cuando yo haya muerto, puedes hacer lo que quieras “, le dice una madre a su hija, quien le ha confesado que va a suicidarse esa misma noche. Creo que estas palabras demuestran con mucha precisión el egoísmo que hay detrás de ese tabú que es el suicidio. Cuando pensamos en alguien que se quitó la vida, lo asociamos con palabras como “egoísta”, “egocéntrico”, “débil”, “cobarde”, porque pensamos siempre en los que quedaron atrás, en los vivos que lloran al que decidió irse, al que dijo “basta, ya tuve suficiente”. Eso es lo que le dice Jessie a su madre Thelma en la obra de teatro escrita por Marsha Norman, ganadora del Premio Pulitzer en drama, calificada por los críticos de honesta, penetrante y poderosa. No encontré el libro traducido al español, pero sé que la obra se presentó en Perú. Como tantas otras veces, primero vi la película, una adaptación para TV hecha en 1986, protagonizada por Sissy Spacek y Anne Bancroft en una de las mejores actuaciones de sus carreras.

Más allá de que las críticas de la obra de teatro sean buenas, tengo que aclarar algo con respecto a la película, que por alguna razón pasó injustamente desapercibida: tengo una fijación con ella hace muchos años. Me sé los diálogos de memoria, la pongo de fondo cuando estoy haciendo algo en casa o cuando me voy a dormir, me deleito con la musicalidad del acento sureño de las protagonistas. Y lo más extraño de todo es que le encuentro algo reconfortante, como una buena taza de chocolate; tal vez sea su simplicidad, la naturalidad con la que Jessie explica a “Mama” que no tiene ningún sentido seguir con una vida que considera inútil, la sencillez con la que se prepara para irse, como si se fuera a un viaje del que no va a regresar, la bondad que encuentro en el hecho de que quiera dejar todo organizado para ahorrarle a su madre las tareas posteriores a su muerte, y cómo quiere cuidarla hasta después de ya no estar más. Sin duda es un tema dramático y delicado, pero la autora se encargó de que no hubiera un exceso de tragedia o patetismo. Y al mismo tiempo, logró transmitir la desesperación teñida de optimismo de Thelma y el dolor callado de Jessie.

Pero volvamos a eso de que esta película, ya tan familiar, me reconforta. Creo que todos hemos pensado alguna vez en el suicidio, unos más que otros. Unos aman demasiado la vida. Algunos tenemos un sentido de la culpa más fuerte que nuestro propio dolor, y por más que lleguemos al fondo del abismo, no podemos concebir la idea de causarle una tortura tan indescriptible a una pareja o a una madre. Pero si lo pienso desde el punto de vista de esta mujer cuarentona que no le encuentra propósito a su vida, que ve su futuro como una ruta desierta rodeada de un paisaje que no cambiará nunca, no puedo más que sentir comprensión y solidaridad. Y se hace muy claro un razonamiento que tengo desde hace un tiempo: si uno puede hacer lo que quiera con su vida, ¿por qué no puede hacer lo mismo con su muerte? Es tuya, es lo único en este mundo que te pertenece de verdad. ¿Por qué no podemos decidir nosotros mismos irnos en paz, dejar de sufrir? ¿Porque es algo totalmente irreversible y definitivo? ¿Porque después siempre puede venir algo mejor? Tener hijos también es irreversible, y dejamos que muera la vida que teníamos hasta ese momento, pero no por eso la gente deja de procrear. No es una comparación, entiendo que los hijos son algo hermoso (eso me cuentan), pero no siempre es ideal que se tengan, si no pregúntenle a todos los niños abusados. Y es verdad que siempre puede venir algo mejor, pero seamos realistas, para algunas personas no es así. ¿De verdad hay que forzarlos a quedarse por una mínima posibilidad de que algún día su situación cambie? Siento que somos increíblemente egoístas cuando reclamamos que alguien siga vivo para no extrañarlo, para que no nos deje un agujero en la vida, y no pensamos que nuestra tristeza tal vez no sea nada en comparación con el desconsuelo que esa persona ha llevado dentro por años. Debe ser por eso que me gusta acompañar a Jessie mientras se prepara con una sonrisa ilusionada para el fin del dolor. Y a veces, lo confieso, la idea de desaparecer, de no dejar rastro ni posesiones materiales, tiene una belleza intrínseca que, si bien no me resulta tentadora, es bastante atractiva.

Parece que con cada entrada del blog, me voy desnudando un poco más. Como si me fuera quitando una capa cada vez que publico algo, y lo bueno de eso es que me siento más ligera. Quizá mis pensamientos pesen menos si dejo que se aireen un poco. Es verdad eso que dicen, no es bueno tragarse las cosas. Aunque no muchos lean esto, quiero recomendarles algo en base a lo que me está pasando con esta experiencia: cuando los sentimientos entreverados los agobien, escriban, aunque sea para ustedes mismos, no es necesario mostrárselo a nadie. Sirve, y mucho. Mi última recomendación, es que vean la película o la obra de teatro si la encuentran por alguna ciudad perdida. Yo me compré el libro para disfrutar la experiencia con otros ojos, pero lo mejor es ver, escuchar, sentir a estas dos mujeres en acción.

Así como se habrá notado anteriormente que soy feminista, con este artículo creo que quedó claro que he batallado por períodos nada cortos con la depresión. Tal vez hasta se intuya que sigo dándole unas buenas patadas para que se vaya de una vez. No quiero cerrar esta nota cambiando totalmente de tono, ni contradiciéndome, ni dejando un mensaje empalagoso sobre lo hermosa que es la vida en todo su esplendor, porque no sería sincera, pero sí les digo que he encontrado muchas cosas por las que vivir. Mis amigos que son de oro, una madre que daría su vida por mí, un compañero que me hace sonreír todos los días, y los libros, siempre los libros. ¿Irme con una biblioteca llena por conquistar, con las miles de librerías que me quedan por conocer? ¡Nunca!

No se los pongo nada fácil con los temas que elijo, pero espero que puedan opinar, contradecirme, debatir y compartir. Aquí estoy, siempre leyendo.

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Un libro de autora mujer: Todos deberíamos ser feministas

We should all be feminists

Cuando era chica, no decía que era feminista. Me lo decían a mí como insulto. “¡Sos una feminista de mierda!”. Cuando terminábamos de comer y yo protestaba porque mi padre me mandaba a lavar la vajilla mientras mis hermanos miraban fútbol por la TV, él me decía: “claro, no lavas los platos porque sos fe-mi-nis-ta”, como escupiendo la palabra con asco. Incluso llegó a culpar a mi madre, por haberme “criado feminista”. Lo irónico es que si soy así, es porque reaccioné a toda una vida rodeada de machismo, de un patriarcado tan arraigado que ni siquiera se cuestionaba. Pero yo cuestioné, desde muy pequeña, cuestioné. Y luego, empecé a oponerme, a enfrentar, a pelear. Era la única manera de sobrevivir en una casa donde yo tenía que hacer esa tarea por el solo hecho de ser mujer, pero ¡mi hermano menor cobraba por hacerlo! Sin embargo, según mi padre, la culpa de que yo hubiera “salido así”, era de mi madre. Claro ejemplo de cómo el feminismo es visto por muchos como algo negativo. Y ahora, después de haber leído cientos de artículos, libros, ensayos, investigado y escuchado a muchas personas hablar sobre el tema, entiendo que lo que se percibe como negativo no es feminismo.

Por esa razón, este libro que descubrí gracias a ver una foto de su portada en Book Riot, me parece genial, y hasta necesario para educar sobre este movimiento gracias al que se ha logrado tanto. En realidad, es una charla que dio la novelista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie para TEDxEuston en diciembre de 2012 que luego se editó como libro. Más abajo les dejo el enlace para ver el video con subtítulos en español. Permítanme hacer un paréntesis para decir algo como subtituladora: no están bien hechos pero creo que se entienden. La charla dura solo media hora, y es tan clara, tan alegre y divertida que reta esa noción ignorante de que la feminista es una mujer enojada, que odia a los hombres, que no quiere casarse, y sobre todo contradice la idea más dañina: que el feminismo ya no es necesario. No me malentiendan, yo como feminista estoy por lo general bastante enojada, no hay nada malo en eso, sobre todo si has experimentado muchos años de injusticias empapadas de machismo, pero estoy descubriendo con estas personas (sí, hombres y mujeres) que es posible explicar nuestra lucha con optimismo, con otro tono. Quizás así nos escuchen más. No cuesta nada soñar.

Esta entrada que estoy escribiendo hoy es muy personal, y para mí es más que difícil escribirla. Más difícil será cuando tenga que apretar el botón de “publicar”. Pero es necesario. Tengo que contar de dónde sale mi lucha, por qué me solidarizo con tantas causas de este tipo, aunque sienta que me estoy desnudando en público. Basta de ocultarme, basta de poner esas sonrisas falsas que tanto me dolían de niña y adolescente. Aún lo sigo haciendo, y es hora de cambiar y sincerarme. Chimamanda es nigeriana, y sin embargo, tantas cosas de las que cuenta las viví en Uruguay. Creo que la mayoría de ellas. Todavía se viven en muchas casas. Doy gracias a la vida, por haberme permitido salir y ver otras sociedades, ver que no es así en todos lados. Una de mis mejores amigas en Londres es francesa. Es una de esas mujeres admirables que tiene tiempo para trabajar 10 horas por día, ayudarte cuando más lo necesitas, cuidar de su familia, hacer ejercicio, vivir una vida sana y escucharte como una madre cuando le cuentas entre lágrimas de rabia que no te aumentarán el salario, aunque lo hayas pedido de mil formas, aunque lo merezcas. Y qué suerte que haya mujeres así, porque mi amiga Delphine está criando a tres hijos varones.

Para ella era algo totalmente inconcebible pensar que cuando el almuerzo de una reunión familiar se termina, las mujeres son las que se levantan y van a limpiar todo, mientras que los hombres se quedan sentados conversando. Para mí era al mismo tiempo increíble y alentador, que en su cultura las cosas no fueran así. Que ella tuvo su primera vez en su casa, como lo más natural del mundo, y no en un hotel de cuarta, como algo sucio e inmoral que había que ocultar, porque la mujer debe ser virgen hasta el matrimonio. No sé si alguien de otro país leerá esta nota que estoy escribiendo, no sé si en sus países será así, pero yo me sentí una puta por mucho tiempo, aunque solo estaba enamorada, así me lo hicieron ver varios miembros de mi familia, sobre todo cuando viajaba a ver a mi novio en Buenos Aires, que vivía solo. Estaba bien que mis hermanos se acostaran con cuanta pollera se les pasara por delante, pero yo iba a proporcionarle mis servicios de meretriz al que hoy es mi esposo. ¡Y sin cobrar! Y aquí va otro agradecimiento a la vida, al destino o las fuerzas del universo que se decidieron a que yo me topara con mi compañero de vida, alguien que sin declararse feminista, vive y actúa de acuerdo a la noción, para él completamente normal, de que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones.

Esta entrada fue muy personal, pero ¿cómo hacer entender que el feminismo todavía es necesario de otra forma? Para mí, ya no es posible si sigo ocultando mi historia. Necesitaba contar al menos algunas cosas antes de que vean la charla o lean el libro de Chimamanda, porque sé que muchos pensarán: eso pasa en Nigeria, eso no es relevante en el mundo occidental. Sí lo es, muchos sufrimos todavía poniéndole una sonrisa de plástico a la misoginia aceptada, y es hora de decir ¡basta! Así que cierro la nota de hoy con otro claro ejemplo. Estoy asistiendo a un taller de escritura, y para mi sorpresa, tenemos un compañero italiano que puede ser la persona más machista que haya conocido en mi vida. No me extenderé sobre el asunto de sus opiniones absurdas. Solo haré mención a un incidente: ayer nos mostró un libro que publicó en dos ediciones, porque la primera se acabó por “demanda popular”, titulado Prohibido para las mujeres. La contratapa tenía varias frases cursis y misóginas, pero una fue la que más me produjo ganas de vomitar, físicamente sentí ganas de vaciar mi estómago en plena clase. Esta frase que el tipo escribió como “ayuda para los hombres que ya no saben cómo conquistar mujeres, porque estas no se dejan” reza lo siguiente: “El hombre es la llave y la mujer la puerta. Una llave que abre muchas puertas vale mucho, pero una puerta que puede ser abierta por cualquier llave no vale nada”.

La novelista nigeriana nos cuenta: cuando busqué la palabra Feminista en el diccionario, decía: Una persona que cree en la igualdad social, política y económica de los sexos. A esto yo le agrego, que en ningún lugar dice que esa persona quiere eliminar a todos los hombres de la faz de la tierra, o que no puede usar maquillaje, o que debe dejarse absolutamente todos los pelos que le crezcan en el cuerpo. Luego de leer lo que escribí en este espacio, y de ver la charla, ¿hay alguien que se atreva a decir que el feminismo ya no es necesario? ¿En serio les parece que lo importante es cambiar la palabra por otra como “igualitarismo”? ¿No creen que estamos desviando la atención cuando hay temas mucho más apremiantes por solucionar? Y no, no creo que haya que cambiar la palabra porque, aunque ahora seamos hombres y mujeres los que luchamos codo a codo, por muchísimo tiempo esta ha sido la lucha de la mujer, y sería como borrar todo por lo que ellas lucharon, todas sus hogueras, sus cárceles, sus torturas, sus muertes. No, no creo que lo importante sea buscar una “palabra mejor”, cuando hay mujeres en el mundo que todavía son quemadas, enterradas vivas, apedreadas por ser violadas, porque se considera que su violación es su culpa y se califica de adulterio. Creo que lo importante es educar. A niños y niñas. Educarnos, hablar, intentar cambiar esas nociones que tan mal nos hacen a todos. Por todo esto y mucho más, hoy digo con orgullo: SOY FEMINISTA.

Disfruten la charla y después me cuentan.

Algunos conceptos importantes:

Misoginia: La misoginia se define como el odio o la aversión hacia las mujeres o niñas. La misoginia puede manifestarse de diversas maneras, que incluyen sexismo, denigración de la mujer, violencia contra la mujer, y cosificación sexual de la mujer.

Patriarcado: El patriarcado es un concepto utilizado por las ciencias sociales, en especial en la antropología, sociología y en los estudios feministas. Hace referencia a una distribución desigual del poder entre hombres y mujeres en la cual los varones tendrían preeminencia en uno o varios aspectos, tales como la determinación de las líneas de descendencia (filiación exclusivamente por descendencia patrilineal y portación del apellido paterno), los derechos de primogenitura, la autonomía personal en las relaciones sociales, la participación en el espacio público ―político o religioso― o la atribución de estatus a las distintas ocupaciones de hombres y mujeres determinadas por la división sexual del trabajo.

Fuente: Wikipedia

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Chicas Malas para el Patriarcado. Chicas Buenas para el Feminismo.

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