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Una autobiografía: Yo soy Malala

malala

Allá por el 2012 leía horrorizada la noticia sobre una niña a la que le habían disparado cuando regresaba de la escuela. Le habían disparado precisamente por ir a la escuela. El Talibán había querido callarla. El hecho recién había sucedido y todavía estaba peleando por su vida en un hospital de Inglaterra. Recuerdo que pensé: por favor, que sobreviva, el mundo necesita más personas como ella.

No solo sobrevivió, sino que decidió dedicar su vida a cambiar el mundo. Cuando recibí el desafío de lectura ya tenía varios libros que quería atacar este año y el de Malala fue el primero. ¡Qué mejor elección para empezar el año que una historia que produce inspiración y admiración absoluta! Me pareció extraño colocar en la categoría de biografía el libro de alguien que ha vivido tan solo 17 años.  Pero en sus pocos años de vida, Malala ha hecho más que muchos en decenas de décadas. Y me hizo muy bien recorrer con ella el camino de sus primeros años, sabiendo que en los siguientes va a lograr todavía mucho más.

A través del libro descubrí cómo se formó la personalidad de esta chica con una valentía que parece de otro mundo: la heredó de su padre, una persona igual de increíble, que luchó con todo lo que tenía (y más que nada con lo que no tenía) por sus ideales, por dar educación a todos los niños, sin importar su género. Conocí el amor que siente Malala por su tierra natal, el valle de Swat, cómo fue crecer en una escuela, y todo lo que hizo su padre por mantener vivo ese centro de educación. Fui viviendo con horror los cambios impuestos por un tirano que felicitaba por radio a las niñas que abandonaban la escuela. Sentí un miedo real cuando sabía que se acercaba el momento del disparo y me desgarraba ver la inocencia de una niña que pensaba que no la atacarían por esa misma razón, por ser una niña. Ni siquiera el Talibán podría ser tan cruel.

Pero lo fue. El totalitarismo no tiene filtros, no hay atenuantes frente a su mirada ciega. Y creo que el deseo de control de un fanático religioso debe ser una de las cosas más peligrosas que hay en este mundo. Millones de niñas no van a la escuela en Pakistán, millones están sometidas a un sistema que las oprime y no tienen ningún arma a su disposición, porque sin educación están a merced del mayor abuso y control. Malala luchó contra este sistema con su pluma. Se dieron cuenta de que su voz era peligrosa y quisieron callarla. Lo que lograron fue todo lo contrario, ahora todo el mundo la escucha.

“Un niño, un maestro, un libro, un lápiz pueden cambiar el mundo”, dijo Malala en un discurso frente a una asamblea de jóvenes en la sede central de Naciones Unidas en Nueva York, en su cumpleaños número 16. ¡Y vaya que pueden cambiarlo! Al cerrar el libro sentí que este mundo tan enfermo tiene una esperanza. Y a veces, este es el tipo de lectura que necesito, para darme cuenta de que, sin importar las trabas, los contratiempos, las críticas, puedo alcanzar mis metas y que mis luchas pueden producir resultados, aunque quizá, un poco menos relevantes.

¿Leíste el libro? Espero tus comentarios.

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Posdata de la entrada:

Hoy es 8 de marzo, día internacional de la mujer. Ya lo dije antes, cuando Malala recibió el disparo en la cabeza, me horroricé. Y como consecuencia escribí un artículo en el blog que tenía en ese momento, cuando vivía en Inglaterra. He decidido copiarlo aquí porque me parece un poco más interesante y sobre todo porque le hace más justicia a una de las mujeres más increíbles de esta época que las poquitas palabras que escribí sobre su libro. Y ya que estamos, hablo sobre otros libros interesantes 😉

El poder de la lectura

“La educación, como la luz del sol puede y debe llegar a todos sin que se empañe su fulgor ni se aminore su intensidad”- dijo el reformador de la escuela uruguaya, José Pedro Varela. Hoy puedo entender la importancia de esas cuatro palabras que tuve que aprender de niña para dar la lección en clase: universalidad, gratuidad, obligatoriedad, laicidad- los cuatro principios en los que se basaba esta reforma de la educación que buscaba educar a las personas para formar ciudadanos libres. Hoy me doy cuenta de lo afortunada que fui al nacer en un país donde la escuela es un derecho de todos; de la suerte que me tocó al tener unos padres que consideraran que la mayor herencia que podrían dejarme era mi formación, de que me alimentaran a libros hasta empacharme, sin prohibirme ningún ingrediente.

En su tributo a las librerías y los libros, Lewis Buzbee menciona muchas obras, pero una en particular fue la que más me llamó la atención por la historia que la rodea; una nube oscura y ridícula que sólo puede ser el resultado de combinar ignorancia, extremismo e intolerancia. Se trata del libro “Los Versos Satánicos”, del escritor Salman Rushdie. Buzbee cuenta como en el año 1989 pasó un fin de semana en una librería de un pequeño pueblo de California junto a otros representantes de venta como él, amigos y libreros, todos reunidos en torno a una estufa a leña, leyendo pasajes del libro. Cuenta también como esa escena se repitió en varias librerías del país, donde todos llevaban prendedores con la inscripción “Yo soy Salman Rushdie”.

Unas semanas antes, el 14 de febrero, el ayatolá Ruhollah Jomeiní, líder religioso de Irán, había leído un edicto religioso, o fatwa, instando a la ejecución del escritor. Lo había condenado a la pena de muerte por escribir un libro que consideró “blasfemo contra el Islam”, además de acusarlo de “apostasía”, el abandono de la fe islámica que según las tradiciones del profeta, debe castigarse con la muerte. Pero lo irrisorio de la situación no terminó allí; en pleno siglo XX, el líder religioso (y político, por supuesto) le puso precio a la cabeza del escritor, ofreció una recompensa de tres millones de dólares  por la muerte de Rushdie. También hizo un llamamiento a la ejecución de los editores que publicaran el libro, que fue prohibido en India, Sudáfrica, Pakistán, Arabia Saudita, Egipto, Sudán e Indonesia, entre otros países. Se organizaron protestas, quemas de libros y librerías. Al leer todo esto fue inevitable remontarme a la Edad Media, época de oscurantismo e ignorancia. No es necesario describir el horror que me produjo pensar que cientos de años más tarde, los libros se sigan quemando.

Luego de leer la referencia que hace Buzbee sobre este controversial libro, con la curiosidad bien despierta y la indignación a flor de piel, seguí investigando el tema, sólo para hallar más injusticias y ultrajes. Me equivoqué al creer que la repulsión provocada por esta historia macabra y real no podría ser mayor; descubrí que otra figura había sido víctima de las represalias totalitarias: el traductor. En 1991, Hitoshi Igarashi, traductor de la obra al japonés, fue asesinado en Tokio; el traductor italiano fue golpeado y apuñalado en Milán; 37 personas murieron en un hotel de Turquía, al ser quemadas por manifestantes que protestaban contra Aziz Nesin, traductor de Rushdie al turco. Ya es indignante que un escritor haya tenido que pasar diez años de su vida escondido por algo que escribió, aun lo es más que traductores hayan perdido la suya por hacer su trabajo. Sentí que me tocaban la fibra más íntima de mi yo traductor, tenía que conseguir el libro. No para entender lo inexplicable- no hay razones que justifiquen el asesinato de un ser humano, mucho menos de las ideas- sino como un homenaje a todos los que demostraron valentía al defender sus palabras, sus trabajos, su libertad de expresión.

Por más que haya leído que Rushdie en ningún momento dice Mahoma, Islam o Meca, necesitaba leerlo para descubrir dónde estaba el insulto, cuál era la gran ofensa que causó tanta violencia. Necesitaba también una buena charla sobre el tema, así que fui a visitar a mi nuevo amigo Mr. John, quien no tardó en expresar que todo el asunto del fatwa le pareció tan ridículo como a mí. Mientras me encargaba una copia, le pregunté un poco a tono de broma ingenua si no tendría problemas leyendo el libro en público, sobre todo en el pueblo donde vivo, donde la comunidad musulmana es tal vez mayor que la inglesa. Mi amigo librero me dijo: “te recomiendo que lo leas en la privacidad de tu hogar”. Tardé unos minutos en darme cuenta de que no estaba hablando en broma. Bajando un poco el tono de voz e inclinándome sobre el mostrador, seguí demostrando mi ingenuidad: ¿no debería leerlo en público porque podría ofender a alguien o porque correría peligro? A lo que respondió: “Lo segundo. Hay muchos locos por aquí.” Unos días después, cuando fui a buscar mi copia, no dejó de repetirme que lo leyera en privado. Un cliente asiduo de la librería que había participado en la conversación, hasta me sugirió que si lo quería leer en el bus (como es mi costumbre), le pusiera una cubierta oscura. Todavía asombrada, les comenté que la idea de no poder leer un libro a mis anchas me resultaba demasiado difícil de digerir. Intenté imaginarme algún caso extremo en el que pudiera pasar algo similar en Uruguay pero me fue imposible; pensar que alguien pudiera insultarme o incluso hacerme daño por ir leyendo “El Evangelio según Jesucristo” en el CUTCSA me causó gracia. Sin embargo, no pude evitar dejarlo en su envoltorio cuando me lo llevé y, aunque me mordiera de rabia y me avergonzara de mi cobardía, dejé que el miedo me robara el placer de estudiar mi nuevo ejemplar por primera vez, de camino a casa.

La adquisición del libro prohibido fue hace unas semanas. Por esos días, ocurriría otro hecho funesto que me sacaría más chispas de indignación; Malala Yousafzai, una activista pakistaní de catorce años (sí, catorce) recibía un tiro en la cabeza por defender el derecho de las niñas a ir a la escuela. Esta valiente niña escribía un blog en el que criticaba públicamente las atrocidades cometidas por los talibanes, quienes habían cerrado y quemado colegios de niñas. El grupo terrorista, Tehrik e Taliban Paskistan (TTP) no tardó en responsabilizarse por este acto, argumentando que Malala era una joven profana por luchar por los derechos y educación de las mujeres, ya que según el grupo, es sólo privilegio de los hombres. Aseguraron también que si la niña sobrevivía la volverían a atacar, a ella y a todas las que decidieran defender su derecho a una educación. Lo triste es que, pese a la condena mundial de este ataque de cobardía, muchas niñas en Pakistán han dejado de concurrir a la escuela.

A más de 130 años de la reforma Vareliana en mi país, reforma que extendió la enseñanza a todos sin distinción de género, me parece inconcebible que todavía existan lugares donde las niñas corran peligro por querer ir a la escuela. ¿Cómo es posible que se siga castigando con la muerte a quienes están hambrientos de educación? ¿Y a quienes expresan sus ideas a través de los libros? Me pregunto si llegará el día en el que el ser humano ya no necesite dominar, prohibir, esconder, silenciar voces. En una nota positiva, cientos de peticiones están siendo firmadas como consecuencia de estos acontecimientos, una de ellas intenta que la discriminación contra las niñas se declare ilegal en todos los países del mundo. Lo que me parece increíble es que todavía sea necesario luchar por derechos que crecí sabiendo básicos.

Hoy, Malala se recupera en un hospital de Birmingham, las niñas musulmanas concurren a las escuelas de Crawley, Salman Rushdie ya no vive bajo la protección del gobierno británico. Sin embargo, mi copia de “Los Versos Satánicos” sigue guardada en un estante. Por ahora. Tal vez, algún día pueda leerla de camino al trabajo, sin miedo.

“Es detestable esa avaricia espiritual que tienen los que, sabiendo algo, no procuran la transmisión de esos conocimientos.” Miguel de Unamuno.

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